
Si fueramos capaces de observar mejor la naturaleza y replicar sus procesos y funcionamientos, probablemente nuestras organizaciones serías espacios de sentido y capaces de albergar lo mejor de sus colaboradores. La naturaleza es creatividad constante. Su armonía y belleza son expresiones de un proceso de innovación constante. Les comparto un artículo aparecido en la Xarxa d'Innovación Pública (XIP) sobre el efecto en cadena que los innovadores pueden llegar a tener en las organizaciones públicas si se comportan como radicales libres. Las personas, como tantas veces he dicho, son la clave de la innovación. Sin ella ésta no existiría.
Este es el link al artículo original
Aqui ofrezco una traducción al castellano.
RADICALES LIBRES E INNOVACIÖN PUBLICA
Tradicionalmente, se ha acusado al sector público de ser pobre en innovación, de innovar poco. La
paradoja se convierte cuando se hace evidente que las administraciones
cuentan con un buen número de profesionales innovadores, pero a la vez
la organización muestra una capacidad limitada para aprovechar y
propiciar su talento y su creatividad. Hoy
en día, esta percepción de los entes públicos es rebatida por la
actitud innovadora de multitud de empleados públicos que actúan como
radicales libres, agrupando y dando cuerpo a nuevas conductas a partir
de coaliciones creativas.
¿Qué empuja a las personas-también a las administraciones públicas-a conectarse entre sí para dar salida a sus inquietudes? ¿Cómo se explican estas conductas espontáneas? Si
conociéramos este código, si se pudiera sintetizar este tipo de ADN,
los esfuerzos de las administraciones públicas para sistematizar la
innovación se verían fuertemente impulsados.
Los
enfoques radicalmente nuevos requieren de nuevos actores, también
radicales en sus planteamientos: profesionales reactivos (y a la vez,
proactivos) capaces de recorrer las estructuras buscando otros
individuos con quien conectar. Cuando
esta conexión se produce, toma prestado una pequeña parte de esta
estabilidad que se basa en el principio de que "todo está bien así". En
consecuencia, la conexión lleva a la conversión de otros individuos en
radicales libres, y se inicia una reacción en cadena donde cada vez más
personas tienen la capacidad de generar enlaces, donde la capilaridad
dentro y fuera de la organización se convierte en clave para sumar esfuerzos y visiones.
Conducirse
como radical libre en la administración pública también tiene otros
efectos secundarios: el envejecimiento de las estructuras y los
principios de funcionamiento. No
hay que olvidar, sin embargo, que debe entenderse este proceso como un
sano envejecimiento, ya que se produce al ponerse de manifiesto una
obsolescencia que implica sustituir algunos principios por otros que, al
ser innovadores, suman valor al que hacemos.
Quedan todavía muchos conceptos por explorar en términos de innovación pública. Las
estructuras concebidas como espacios estancos frustran los intentos de
innovación en dificultar la conexión espontánea de individuos e ideas. Los
equipos burbuja de que nos hablaban Alfons Cornella y Antonio Flores ya
hace años son todavía un concepto absolutamente vigente y pendiente de
explorar. Que
la innovación no puede desarrollarse en estructuras de silos es algo
que los intentos por formalizar en el ámbito institucional ya han puesto
de manifiesto. Y
no es sólo una cuestión interna, sino que el imperativo de añadir valor
a lo que hacemos nos lleva a plantearnos seriamente la capilaridad de
ideas, recursos y personas entre administraciones: compartir éxitos,
fracasos y enfoques, unir esfuerzos para no iniciar aisladamente el mismo camino infinitas veces. La innovación no es un proyecto, es un proceso de aprendizaje. Por
eso, lejos de cerrarlo entre cuatro paredes, hay que dejar fluir porque
rezuma hasta el último rincón de la organización: no hay innovación
posible sin innovadores.





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