SE HA PUESTO de moda hablar sobre innovación. Quienes hablamos acerca de ello sabemos que es una condición básica para transformar el conocimiento en riqueza. Sin embargo, poc
o sabemos de cómo se produce. Cuál es la magia que la gatilla, cuáles son sus elementos impulsores o los obstáculos, en qué condiciones crece. Más bien existe una sensación epidérmica sobre la relevancia y la necesidad de innovar para generar riqueza y productividad. Pero esto no basta para desencadenar procesos innovadores. Los países que lo han hecho (tales como Irlanda, Suecia, España, Nueva Zelandia o Islandia, con éxito distinto) han bajado la innovación desde las alturas de las grandes formulaciones políticas a la cotidianeidad. Es decir, a la vida diaria de las empresas y las organizaciones. La han llevado, en cierta medida, a un cambio en la forma cómo se hacen las actividades habituales.
Me atrevería a señalar algunos elementos que creo componentes clave de lo que Cornella llama la “alquimia de la innovación”. Lo hago con el ánimo de sacarnos de la comodidad complaciente de estar en sintonía con la moda, pero alejados todavía de lo que en verdad producirá un cambio sustantivo en la forma de emprender y generar riqueza. En definitiva, se trata de ponernos a trabajar en serio, arremangándonos para generar innovación.
El primer componente de la innovación es el conocimiento. Sin él difícilmente se produce innovación. Innovar constituye la labor por medio de la cual el conocimiento adquiere frescura y utilidad para generar nuevas acciones que a su vez van a producir riqueza mediante el valor que otros le atribuyen. Este proceso no descansa sólo en las buenas ideas. Existen buenas ideas que sólo son eso. El valor que otros le atribuyen es algo crucial. Así como la utilidad que damos a esas ideas. Pero el conocimiento no es sólo información; no es un conjunto de datos almacenables y difundibles. Algo que se pueda tocar y distribuir. Si fuera sólo eso, su gestión con la tecnología adecuada sería algo manejable. Por el contrario, el conocimiento es un bien inasible.
Utilizaré una metáfora. Como he leído en Ángel Arboníes, el conocimiento resulta como la luz: es onda y partícula al mismo tiempo. Está instalado entre las personas y los procesos de sus actividades en las organizaciones. Ni siquiera sus propios titulares saben lo que saben. Incluso, es difícilmente explicitable. Al menos en su totalidad. El conocimiento forma parte del contexto en que se usa. Es “saber cómo” realizar determinadas funciones y tareas en una organización. Si es clave para la innovación, gestionarlo se convierte en una herramienta necesaria para producir innovación. La pregunta que debemos hacernos es cuántas empresas y organizaciones públicas tienen estrategias de gestión del conocimiento diseñadas para alinear aquello que sus colaboradores saben con los objetivos estratégicos de la empresa: muy pocas.
No hay nadie que domine mejor una actividad en una empresa que sus propios integrantes. Cualquier mejora de los servicios y resultados pasa de modo ineludible por mejorar lo que sus colaboradores hacen. Es decir, por cerrar la brecha entre los que deberían hacer y cómo lo hacen. Este proceso tiene que ver con el aprendizaje y con la gestión del conocimiento.
El segundo componente para la innovación es el contexto en que se produce. Ésta no es un fruto de la espontaneidad o de la iluminación. Aunque ciertamente, la genialidad puede ser uno de sus ingredientes. Quizás uno de los mayores daños que se ha hecho a la innovación es considerarla atributo excepcional del que sólo algunos/as ungidos son depositarios. No cabe duda de que hay una dosis de ello. Pero para que la innovación sea un capital país debe ser una actividad de trance normal y sujeta a ensayo y error. Existe mucho de equivocación en la innovación. Muchos papeles en el basurero y mucho tiempo empleado y mucha frustración. Todo proceso creativo está sujeto a ello. Es consecuencia de un trabajo sistemático. Para que haya innovación debe haber un contexto que la propicie.
El entorno debe acoger dos dimensiones consustanciales a la acción: conocer y relacionarse. El contexto para la innovación debe fomentar la creación, la difusión y la transmisión de conocimiento. Así como la oportunidad de relacionarse. Un entorno que fomente los intercambios permite la creación de conocimiento y aprendizaje. Las comunidades de prácticas en las organizaciones son el marco idóneo para albergar “rutinas creativas” en las que aflore el conocimiento y lo ponga a disposición de nuevas ideas útiles y valoradas.
Para que la innovación no sea una hojarasca, sólo una moda, deberíamos poner el acento en ambos procesos creativos, instalándolos en las empresas y organizaciones públicas.







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Nada más que decir
Estimado "Lasagna"
"Nada más que decir"...
Super bien pensado y escrito.
Vamos por las nueces... ¡Hay de qué!
Muy cordialmente,
Christian Matke